2 horas en Purmamarca

Si hace unas horas me hubieran dicho que iba a estar a las 7 de la mañana esperando en la Plaza de Purmamarca, solo, no lo hubiera creído.

Al volver a bajar por la calle lateral a la Iglesia, como tantas veces el día anterior, supe que siempre la recordaría asociada a la más pura calma y felicidad.

Antes de venir tenía miedo de que la plaza estuviera desierta pero empecé a tranquilizarme al ver los primeros puesteros comenzando a poblar los alrededores con sus artesanías. Al conocer la paz del pueblo, esperaba puro silencio, sin embargo me encontré con el canto de decenas de pájaros como único sonido audible.

La gente circulando me saludaba, aunque no me conocía, y yo fui a sentarme en los bordes de la plaza, estratégicamente al lado de los primeros movimiento de armado de uno de los puestos. Al verme, nadie se extrañó, aunque mi espera no parecía tener mucho sentido, ni siquiera se hicieron preguntas. El sol todavía no se veía, aunque se intuía y se adivinaba por la luz residual que brotaba por detrás de los cerros. Hacía un poco de frío y por momentos me arrepentí de no haber llevado más abrigo.

   

Al poco tiempo me di cuenta de que podía ser una espera larga y aburrida, por lo que decidí comenzar a dar vueltas alrededor de la plaza, explorar cada rincón y cada vista lateral, pasar por delante del Cabildo hundido en la tierra por su propio peso, ver los locales aún cerrados, pisar esas hermosas calles de tierra, admirar la belleza de la iglesia y los algarrobos centenarios que la rodean, la municipalidad, la oficina de empleo, los cajeros automáticos y el cerro de los siete colores como testigo lejano, aún apagado y a la espera de su encuentro con el sol.

Desde temprano había movimientos de vecinos que iban y venían por alguno de esos lugares que aglutinan todo el movimiento del pueblo. Seguramente alguno de ellos era el intendente, imposible saberlo, las jerarquías y los cargos no son visibles. Muchos intentaban sacar plata del cajero, sin éxito, y lo comentaban a viva voz con sus vecinos. Pasaban policías de tránsito (raro para un pueblo de pocas cuadras), y de los otros. Venían autos, camionetas y carritos improvisados para abastecer los puestos con artesanías. A los pocos minutos se retiraban, y yo tenía que ir moviéndome con cada puesto que venía a ocupar mi lugar, lugares marcados con tiza en el piso, que todos respetan. En el centro de la plaza había un par de mochileros tomando mate, iban y venían, buscaban agua caliente y comida. Todas las charlas eran en voz muy baja, con respeto por el silencio.

Poco después de las 8 el sol comenzó a desbordar por encima de algunos cerros e iluminar los siete colores del cerro de enfrente, y también trajo un poco de alivio para el frío. Busqué un nuevo lugar para sentarme, un lugar tibio de ese sol de la mañana. Ya no quedaba mucho tiempo para esperar, si no venían antes de las 9 o 9.15 no quedaban muchas esperanzas. Cerca de las 8.30 me confirmaron que estaban demorados, que primero iban a pasar por Maimará. Pero al menos me confirmaron que venían.

Con un poco más de tranquilidad, comencé nuevamente a dar vueltas por la plaza, mirando con especial atención el famoso algarrobo en el que dicen que Belgrano descansó a su sombra con su ejercito durante la guerra de la independencia. Cuánta historia habita esta plaza, cuántos momentos casi sin testigos, como este momento.

 

A las 9 menos cinco llegaron y por fin nos encontramos. Cómo casi siempre pasa, lo más importante es estar en el momento justo en el lugar correcto, y tener un poco de paciencia.

El primer puesto que vi por la mañana aún seguía en proceso de armado, tranquilo, sin apuro, como si el tiempo no lo persiguiera.

No puedo dejar de pensar que un pueblo de esta belleza, rodeado en sus 4 costados por montañas no puede ser real, tiene que ser parte de un sueño o de un milagro.

Pero todo es posible en Purmamarca.

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